Digamos que de taquerías no sé mucho porque como muy poca carne y a veces. Sin embargo, he tenido hombres a mi lado que no hacen otra cosa mas que cazar lugares donde puedan disfrutar de un buen taco o un buen corte.
Carbonazo:
No nos gustó. Le faltaba sal a las preparaciones, el servicio mediocre y mucho ruido por el Eje. Ubicado en la esquina de Amores y Eugenia.
Chalet Suizo:
De los más antiguos de la zona. Bien, todo bien, como siempre. Creo que siguen siendo los mismos manteles de cuadritos de cuando yo era una niña y mi mamá nos llevaba a comer ahí cuando no había hecho de comer. Cobra la cuenta el mismo señor de toda la vida. Sentado en su banquito escudriñando los rostros de quienes vamos a comer a su establecimiento. No es barato, pero creo que vale la pena. Ubicado en Amores y Obrero Mundial.
Fogonazo:
Nomás puedo decir que el servicio es rápido y bueno. Las cervezas estaban a medio enfriar.
Mi quesadilla muy bien servida, ni me la acabé de tanto queso que tenía.
Ubicado frente al parque hundido, junto al Daruma. La calle se llama Porfirio Díaz. Puedes entrar por Insurgentes. Hay otra sucursal en Gabriel Mancera y Pilares.
Hostal de los Quesos:
Desde que tengo memoria han estado en la esquina de Coyoacán y Pilares, en contra esquina de lo que hoy es el City Market. Los pastores con queso son una delicia y saben exactamente igual que cuando yo tenía diez añitos. Han crecido bastante y se felicita al propietario. Lástima que vi una cucaracha alguna vez y eso me ha limitado algunas veces a disfrutar de una buena torta de pastor con queso o un taco de nopal. Pero en fin. Seguirá siendo de los favoritos de la zona.
La Flamita:
Sin comentarios. Nunca me gustó. Atiende la familia cucaracha. No he ido hace mucho, desde antes que lo clausuraran. Ahora ya está abierto. Ubicado en Vértiz y otra, no sé cuál. Ahora es famoso este lugar porque parece ser que salió publicado en la revista Chilango como una de las mejores taquerías.
Sonora Grill:
Se han expandido y alegra el corazón ver que los negocios crecen. Bien por los frijoles que ponen al centro. Deliciosos. Las salsas bastante decentes y bien hechas. Precios justos para los que les gusta hincarle el colmillo a un buen filete. Ubicado en Amores y Pilares. Otra sucursal en la cuchilla de Heriberto Frías y División del Norte.
Mándanos tus recomendaciones para hacer esta lista más grande.
jueves, 18 de junio de 2009
lunes, 15 de junio de 2009
Como se debe comer: Seps
Pocos lugares destacan gracias a la combinación de buen servicio y comida. El Seps, de Michoacán, en la Condesa, es un ejemplo.
Al centro y de entrada destacan tres o cuatro tipos de pan higiénicamente sellados con papel de contacto, sobre una tabla de madera. Los puedes aderezar con dos clases de mantequilla. Si estás a dieta o prefieres otra cosa, entonces tienes la opción de morder zanahorias o jícamas crudas que crujen por su frescura y buen tamaño.
El servicio es excelente, como debe ser. El mesero no interrumpe constantemente “Si estás bien”, “Si te hace falta algo” (¡cómo me choca eso!). Toma la orden y se va. Sirve y se va. Vamos, habla lo indispensable y sólo sugiere si preguntas.
Las mesas no están pegadas unas con otras. No escuchas la conversación de todos los que rodean tu espacio vital. Tienes la opción de sentarte adentro o afuera, y la terraza está dividida para fumadores y no fumadores.
Es de los pocos lugares en la Condesa que cuentan con estacionamiento propio y a un lado del establecimiento. No hay que caminar cuadras ni dar vueltas dos horas para encontrar dónde dejar tu auto.
La comida es de buena calidad, buen sazón y con las porciones exactas para satisfacer el hambre de cualquiera. ¿Qué tal una sopa de cebolla y después un filete a la pimienta?
Barato no es, pero tampoco es una mentada de madre. Creo que tiene precios justos. En lugar de ir a donde siempre vas, conoce el Seps, quizá te parezca de viejitos, pero de vez en cuando vale la pena saber cómo comían los abuelos. Para una servidora es un lugar donde se come como Dios manda.
Además, te puede tocar una cena o comida amenizada con un grupo en vivo o un pianista que desliza sus dedos sobre el marfil como si fuera un ángel.
Al centro y de entrada destacan tres o cuatro tipos de pan higiénicamente sellados con papel de contacto, sobre una tabla de madera. Los puedes aderezar con dos clases de mantequilla. Si estás a dieta o prefieres otra cosa, entonces tienes la opción de morder zanahorias o jícamas crudas que crujen por su frescura y buen tamaño.
El servicio es excelente, como debe ser. El mesero no interrumpe constantemente “Si estás bien”, “Si te hace falta algo” (¡cómo me choca eso!). Toma la orden y se va. Sirve y se va. Vamos, habla lo indispensable y sólo sugiere si preguntas.
Las mesas no están pegadas unas con otras. No escuchas la conversación de todos los que rodean tu espacio vital. Tienes la opción de sentarte adentro o afuera, y la terraza está dividida para fumadores y no fumadores.
Es de los pocos lugares en la Condesa que cuentan con estacionamiento propio y a un lado del establecimiento. No hay que caminar cuadras ni dar vueltas dos horas para encontrar dónde dejar tu auto.
La comida es de buena calidad, buen sazón y con las porciones exactas para satisfacer el hambre de cualquiera. ¿Qué tal una sopa de cebolla y después un filete a la pimienta?
Barato no es, pero tampoco es una mentada de madre. Creo que tiene precios justos. En lugar de ir a donde siempre vas, conoce el Seps, quizá te parezca de viejitos, pero de vez en cuando vale la pena saber cómo comían los abuelos. Para una servidora es un lugar donde se come como Dios manda.
Además, te puede tocar una cena o comida amenizada con un grupo en vivo o un pianista que desliza sus dedos sobre el marfil como si fuera un ángel.
sábado, 13 de junio de 2009
Dos cucarachas en cinco minutos, el colmo
Estábamos esperando la entrada que pedimos y que nos veníamos saboreando días antes. Las cervezas estaban en su punto de frío, y la charla prometía estar interesante.
Después de la difícil decisión de cuál teppanyaki íbamos a degustar, Juan se sacudió la oreja derecha con un ademán repentino seguido del mismo movimiento sobre su muslo derecho para terminar con un pisotón en el piso…
Pregunté ¿Qué te pasa? Y contestó muy sabiamente: Nada, nada… Como no soy de las que se queda con la duda, volví a preguntar: ¿Qué te pasa, qué fue? Y con una mirada de “está bien, no te puedo engañar”, dijo: un animalito. Y fue entonces cuando dije medio alarmada: ¿“Animalito” o cucaracha? Si, cucaracha, dijo, pero estaba chiquita, no te preocupes.
Traté de controlar mi terror, mi fobia, mi histeria. Creo que lo logré bastante bien, ya que sólo se dieron cuenta los de la mesa de enfrente que mi espalda se encorvó tratando de contener un grito, que mis manos temblaban sobre mi nariz y boca, y que mis ojos se cerraron para concentrarme y no salir corriendo con los brazos abiertos por toda la calle de Tlacoquemécatl.
Juan me dijo que no partiéramos del lugar, porque su hambre era mucha. Entonces, cuando terminaba de convencerme, vi –para mi mala suerte- a otra cucarachita bebé subiendo por el mármol que sostiene la plancha.
Fue suficiente, “enough is enough!”, dije. Me paré como resorte de la mesa y le ordené a Juan con la voz más dulce que tengo que nos fuéramos.
Los meseros del Harumi, no sabían qué hacer… no supieron qué decir ni cómo actuar. Supongo ahora que están acostumbrados a convivir con estos ortópteros y la gente que asiste a este lugar no ha de hacer alharaca cuando ve a estos seres buscando calor o sustento.
Todavía, un mesero me dijo: Señorita, la cambio de mesa… ¡POR FAVOR! Pero qué descaro. Le contesté con voz firme: Si así está el comedor no quiero ver la cocina… no me diga ni me ofrezca nada.
Terminamos en el Hostal de los Quesos, una cuadra atrás, sobre Av. Coyoacán, donde alguna vez también vi una cucaracha escalando la pared, pero bueno, mi famélico compañero pedía a gritos ingerir algún tipo de alimento y rápido, así que no me quedó de otra mas que sentarme a comer una quesadilla. Hay veces que uno tiene que ceder y pues cedí.
Lástima del Harumi, porque me gustaba mucho un atún que tienen con chile poblano o serrano… nunca supe bien cómo lo hacían. Ni hablar.
Yo digo: conocí en mis andanzas muchas cocinas de restaurantes y sí existen aquellas donde la limpieza es lo primero y no tienen huéspedes de seis patas. Sí las hay, me consta.
Si eres de las personas que puede con el factor de que haya cucarachas rondando por el salón y la cocina, pues entonces puedes visitar el Harumi, está en Av. Coyoacán, esquina Tlacoquemécatl, en la Colonia del Valle. Después, puedes caminar una cuadra y tomar un café en los varios cafecitos que hay más adelante. Disfruta tu tarde en el parque. Famoso por la iglesita que tiene pegada.
Después de la difícil decisión de cuál teppanyaki íbamos a degustar, Juan se sacudió la oreja derecha con un ademán repentino seguido del mismo movimiento sobre su muslo derecho para terminar con un pisotón en el piso…
Pregunté ¿Qué te pasa? Y contestó muy sabiamente: Nada, nada… Como no soy de las que se queda con la duda, volví a preguntar: ¿Qué te pasa, qué fue? Y con una mirada de “está bien, no te puedo engañar”, dijo: un animalito. Y fue entonces cuando dije medio alarmada: ¿“Animalito” o cucaracha? Si, cucaracha, dijo, pero estaba chiquita, no te preocupes.
Traté de controlar mi terror, mi fobia, mi histeria. Creo que lo logré bastante bien, ya que sólo se dieron cuenta los de la mesa de enfrente que mi espalda se encorvó tratando de contener un grito, que mis manos temblaban sobre mi nariz y boca, y que mis ojos se cerraron para concentrarme y no salir corriendo con los brazos abiertos por toda la calle de Tlacoquemécatl.
Juan me dijo que no partiéramos del lugar, porque su hambre era mucha. Entonces, cuando terminaba de convencerme, vi –para mi mala suerte- a otra cucarachita bebé subiendo por el mármol que sostiene la plancha.
Fue suficiente, “enough is enough!”, dije. Me paré como resorte de la mesa y le ordené a Juan con la voz más dulce que tengo que nos fuéramos.
Los meseros del Harumi, no sabían qué hacer… no supieron qué decir ni cómo actuar. Supongo ahora que están acostumbrados a convivir con estos ortópteros y la gente que asiste a este lugar no ha de hacer alharaca cuando ve a estos seres buscando calor o sustento.
Todavía, un mesero me dijo: Señorita, la cambio de mesa… ¡POR FAVOR! Pero qué descaro. Le contesté con voz firme: Si así está el comedor no quiero ver la cocina… no me diga ni me ofrezca nada.
Terminamos en el Hostal de los Quesos, una cuadra atrás, sobre Av. Coyoacán, donde alguna vez también vi una cucaracha escalando la pared, pero bueno, mi famélico compañero pedía a gritos ingerir algún tipo de alimento y rápido, así que no me quedó de otra mas que sentarme a comer una quesadilla. Hay veces que uno tiene que ceder y pues cedí.
Lástima del Harumi, porque me gustaba mucho un atún que tienen con chile poblano o serrano… nunca supe bien cómo lo hacían. Ni hablar.
Yo digo: conocí en mis andanzas muchas cocinas de restaurantes y sí existen aquellas donde la limpieza es lo primero y no tienen huéspedes de seis patas. Sí las hay, me consta.
Si eres de las personas que puede con el factor de que haya cucarachas rondando por el salón y la cocina, pues entonces puedes visitar el Harumi, está en Av. Coyoacán, esquina Tlacoquemécatl, en la Colonia del Valle. Después, puedes caminar una cuadra y tomar un café en los varios cafecitos que hay más adelante. Disfruta tu tarde en el parque. Famoso por la iglesita que tiene pegada.
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