sábado, 13 de junio de 2009

Dos cucarachas en cinco minutos, el colmo

Estábamos esperando la entrada que pedimos y que nos veníamos saboreando días antes. Las cervezas estaban en su punto de frío, y la charla prometía estar interesante.
Después de la difícil decisión de cuál teppanyaki íbamos a degustar, Juan se sacudió la oreja derecha con un ademán repentino seguido del mismo movimiento sobre su muslo derecho para terminar con un pisotón en el piso…
Pregunté ¿Qué te pasa? Y contestó muy sabiamente: Nada, nada… Como no soy de las que se queda con la duda, volví a preguntar: ¿Qué te pasa, qué fue? Y con una mirada de “está bien, no te puedo engañar”, dijo: un animalito. Y fue entonces cuando dije medio alarmada: ¿“Animalito” o cucaracha? Si, cucaracha, dijo, pero estaba chiquita, no te preocupes.
Traté de controlar mi terror, mi fobia, mi histeria. Creo que lo logré bastante bien, ya que sólo se dieron cuenta los de la mesa de enfrente que mi espalda se encorvó tratando de contener un grito, que mis manos temblaban sobre mi nariz y boca, y que mis ojos se cerraron para concentrarme y no salir corriendo con los brazos abiertos por toda la calle de Tlacoquemécatl.
Juan me dijo que no partiéramos del lugar, porque su hambre era mucha. Entonces, cuando terminaba de convencerme, vi –para mi mala suerte- a otra cucarachita bebé subiendo por el mármol que sostiene la plancha.
Fue suficiente, “enough is enough!”, dije. Me paré como resorte de la mesa y le ordené a Juan con la voz más dulce que tengo que nos fuéramos.
Los meseros del Harumi, no sabían qué hacer… no supieron qué decir ni cómo actuar. Supongo ahora que están acostumbrados a convivir con estos ortópteros y la gente que asiste a este lugar no ha de hacer alharaca cuando ve a estos seres buscando calor o sustento.
Todavía, un mesero me dijo: Señorita, la cambio de mesa… ¡POR FAVOR! Pero qué descaro. Le contesté con voz firme: Si así está el comedor no quiero ver la cocina… no me diga ni me ofrezca nada.
Terminamos en el Hostal de los Quesos, una cuadra atrás, sobre Av. Coyoacán, donde alguna vez también vi una cucaracha escalando la pared, pero bueno, mi famélico compañero pedía a gritos ingerir algún tipo de alimento y rápido, así que no me quedó de otra mas que sentarme a comer una quesadilla. Hay veces que uno tiene que ceder y pues cedí.
Lástima del Harumi, porque me gustaba mucho un atún que tienen con chile poblano o serrano… nunca supe bien cómo lo hacían. Ni hablar.
Yo digo: conocí en mis andanzas muchas cocinas de restaurantes y sí existen aquellas donde la limpieza es lo primero y no tienen huéspedes de seis patas. Sí las hay, me consta.
Si eres de las personas que puede con el factor de que haya cucarachas rondando por el salón y la cocina, pues entonces puedes visitar el Harumi, está en Av. Coyoacán, esquina Tlacoquemécatl, en la Colonia del Valle. Después, puedes caminar una cuadra y tomar un café en los varios cafecitos que hay más adelante. Disfruta tu tarde en el parque. Famoso por la iglesita que tiene pegada.

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